En las relaciones internacionales, el dilema de seguridad se produce cuando un actor que se arma es visto como una amenaza para el resto de actores del sistema internacional. Ante esta situación, el resto de actores optarán por reforzar sus ejércitos, lo que será visto por el primero como una nueva amenaza, y volverá a incrementar sus capacidades militares. Los demás actores ampliarán sus presupuestos de defensa, y así sucesivamente.
Llegados a este punto, puede haber dos conclusiones. Que el dilema de seguridad conduzca a los actores a enfrentarse en una guerra, en una suerte de profecía autocumplida, o que se llegue a una situación de equilibrio ante la eventualidad de una destrucción mutua asegurada.
Esta es la tesitura a la que llegaron Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría, y es el resbaladizo terreno que pisan las relaciones internacionales desde que Rusia invadiera Ucrania en 2022. En vista de que la Organización de las Naciones Unidas es inoperante, este problema nos interpela directamente a las democracias. ¿Qué debemos hacer ante este jaque al orden internacional? Entrar de lleno en la guerra de Ucrania podría conllevar una conflagración nuclear.
Entonces, ¿debemos rendirnos ante la evidencia y permitir que un estado depredador devore a un país soberano? ¿o debemos hacerle frente aun con los graves riesgos que esto puede conllevar?
¿Por qué la guerra de Ucrania es nuestra guerra?
Últimamente se ha debatido sobre el cansancio que la guerra está produciendo en la opinión pública internacional. Sobre si se debe seguir sosteniendo el esfuerzo de guerra de Ucrania, o, por el contrario, se le debe invitar a que negocie una paz con su agresor.
Muchas voces pacifistas deploran la senda militarista que la Unión Europea está empezando a recorrer. Pero es un debate maximalista, de blanco o negro. Se rebaten guerra y paz como si solo hubiera una opción y fuese una decisión sencilla. El problema es que la situación es mucho más compleja y requiere debates profundos, más argumentos y menos eslóganes, más reflexión y menos ideología.
Que alguien defienda la necesidad de rearmarse no significa que esté en contra de la paz. En el Imperio Romano decían: «si quieres paz, prepárate para la guerra». Tolstói escribió una vez: «la guerra es hija del despotismo. Quien quiera luchar contra la guerra, debe luchar contra los déspotas».
Se pueden esgrimir motivos morales por los que las democracias deben apoyar a Ucrania hasta las últimas consecuencias: no debemos permitir que un régimen autocrático se salte las normas del sistema internacional cuando le venga en gana, no podemos consentir que siente un precedente para los dictadores de mañana.
Pero los motivos más contundentes son los puramente egoístas. No podemos dejar que Rusia invada a Ucrania porque luego puede invadirnos a nosotros.
Hitler y la política de apaciguamiento
La Historia es una buena consejera. En la década de 1930, cuando Adolf Hitler empezó a mostrar sus verdaderas intenciones, las potencias de entonces se dedicaron a contemporizar. Francia y Gran Bretaña observaron de brazos cruzados cómo Alemania se anexionaba Austria y parte de Checoslovaquia. A esta inacción se le llamó política de apaciguamiento.
En una actitud sumisa similar a la del canciller Olaf Scholz hoy en día, Neville Chamberlain y Édouard Daladier trataban de apaciguar las ansias de conquista de Hitler. Se cuenta que el dictador alemán tenía completamente dominados a los líderes de las potencias democráticas, hasta el punto de amedrentarlos con tácticas psicológicas cuando se reunían cara a cara.
No podemos saber si la política de apaciguamiento dio alas a Hitler, o este ya tenía en sus planes la conquista de Polonia. Lo que es seguro es que el Führer no percibía ningún tipo de oposición por parte de las potencias rivales, que no declararon la guerra a Alemania hasta que tuvieron claro que no iba a detener sus aspiraciones expansionistas. No sabemos si la política de apaciguamiento llevó al mundo libre a la guerra, o la guerra era ya inevitable, pero sí sabemos que no estaban preparados para enfrentarse al ejército nazi, y que no hicieron nada para prepararse hasta que fue demasiado tarde.
Es inevitable establecer paralelismos con la situación actual. Durante años, Vladímir Putin ha ido tensando la cuerda sin encontrar una oposición real y decidida. Una vez iniciada la invasión de Ucrania, le bastó la amenaza del uso de las armas nucleares para hacer titubear a los líderes de la OTAN. Un chantaje en toda regla.
También encontramos semejanzas en el ámbito militar. Europa no está preparada para la guerra. Desde la Segunda Guerra Mundial los países de la Unión Europea han externalizado su defensa. Durante décadas, la OTAN fue el paraguas que nos cobijó de la tormenta. Pero la alianza atlántica sin Estados Unidos no tiene el mismo poder de disuasión.
La estrategia de la disuasión
Las declaraciones de líderes europeos alentando el rearme se han sucedido desde que Donald Trump afirmara que no iba a mover un dedo si Rusia atacaba a un estado miembro de la OTAN que no gastara el 2% de su PIB en defensa. Estas palabras, junto con la experiencia del anterior mandato de Trump, han abierto los ojos de los estadistas europeos.
Europa debe prepararse para una guerra, y debe hacerlo ya. No hay que perder tiempo ni energía en combatir el discurso de Putin ni sus argumentaciones peregrinas, que se desacreditan solas. Hay que invertir en defensa.
La aquiescencia tampoco es posible con Putin, pues igual que sucedía con Hitler, el líder ruso no es de fiar. Solo la disuasión parece una estrategia viable. Pero debe ser una disuasión creíble. La destrucción mutua asegurada puede no funcionar en este caso, porque mientras Europa tiene ciudadanos, Putin tiene súbditos que son desechables. Además, Gran Bretaña y Francia no usarían sus armas nucleares salvo que se atacara su territorio.
La abstención de Estados Unidos y la política nuclear de Gran Bretaña y Francia condenarían a los países de la Unión Europea, en caso de una agresión, a una guerra convencional. Europa debe contar con unas fuerzas armadas potentes y bien coordinadas, debe reorientar parte de su presupuesto a incrementar sus capacidades militares, debe intentar establecer alianzas más allá del ámbito de la OTAN y debe concienciar a su ciudadanía.
En definitiva, debe transmitir el mensaje de que está preparada para los tiempos oscuros que se avecinan, y de que se dispone para la guerra con tal de conseguir la paz.
Inconvenientes del dilema de seguridad
Pero cuidado, no pueden hacerse las cosas a la ligera. Una potencia no puede mostrar debilidad, porque invita a sus enemigos a atacarla. Un ejemplo reciente es la retirada de tropas estadounidenses de Afganistán, que mostraron una gran flaqueza por parte de la potencia americana. Este precedente seguramente fue uno de los incentivos que llevaron a Putin a invadir Ucrania.
Sin embargo, la reacción al dilema de seguridad tampoco puede ser excesiva, pues puede llevar igualmente a que el enemigo ataque. Ante la eventualidad de que las tropas de la OTAN arrasen con el ejército ruso, Putin podría verse acorralado y recurrir a las armas nucleares.
Por eso, mientras nos rearmamos, no podemos cometer el error de enviar soldados al terreno. Libramos una guerra contra Rusia, pero es una guerra por delegación. La Unión Europea debe asistir en todo lo que pueda a Ucrania, pero son los ucranianos los que deben combatir. Ante el dilema de seguridad, si un actor se pasa de frenada, puede acabar cayendo al abismo.
