Saltar al contenido

CONSECUENCIAS DEL DESHIELO

Uno de los problemas mundiales más acuciantes es el del cambio climático. Montones de expertos y estadistas internacionales se reúnen cada año en conferencias especializadas para debatir sobre el tema y tratar de hallar una solución. Mientras tanto, los líderes transmiten a la población un mensaje paternalista y esperanzador. Dicen que, si conseguimos limitar el calentamiento hasta cierto punto antes de una cierta fecha, salvaremos la situación.

Pero, ¿es eso cierto? ¿estamos aún a tiempo de revertir la situación? ¿o solo podemos aspirar a mitigar los efectos más devastadores del proceso?

El sistema Tierra

La Tierra está compuesta de cuatro esferas muy diferentes entre sí, pero que se interrelacionan e influencian mutuamente. Conforman un todo complejo, un sistema interconectado.

  • Por un lado, tenemos la hidrosfera, la masa de agua que abraza a los continentes.
  • Por otro lado, tenemos la atmósfera, la capa de gas que envuelve el planeta y lo protege del calor solar y las radiaciones ultravioletas.
  • A continuación, tenemos la geosfera, que es la esfera terrestre en sí, y que se extiende bajo las dos anteriores a lo largo de más de 6.000 kilómetros.
  • Por último, está la biosfera, que se compone de toda la vida que puebla la Tierra, tanto en la superficie como en el mar.

Los procesos que se dan en cada uno de estos subsistemas tienen una incidencia en el resto. Un ejemplo de esto lo tenemos en el ciclo hidrológico: el agua del mar se evapora por el efecto del calor del sol; a continuación, se condensa en la atmósfera y se desplaza en forma de nubes tierra adentro; por último, se precipita a la superficie terrestre y vuelve al mar fluyendo por los ríos.

El ciclo del agua simplificado (Wikimedia Commons)

Pues bien, en este bucle infinito, el agua erosiona las rocas al precipitarse sobre ellas, y las transporta a grandes distancias, degradándolas hasta que se convierten en depósitos sedimentarios en los lechos de los ríos o se transforman en otros tipos de rocas al agregársele distintos minerales.

Los mecanismos de realimentación

En la mayoría de los sistemas naturales, hay una serie de mecanismos que pueden favorecer el cambio, exacerbándolo, u oponerse para volver a la situación de equilibrio. Así, cuando una persona tiene mucho calor, su cuerpo transpira para enfriarse. El sudor estabiliza la temperatura corporal. Este es un mecanismo de realimentación negativa, pues sirve de contrapeso al cambio. En el lado opuesto, tenemos los mecanismos de realimentación positiva, que favorecen e incrementan el cambio. Si trasladamos toda esta información al sistema climático, veremos que tiene múltiples mecanismos de realimentación negativa y positiva.

Cuando el cambio climático se traduce en un aumento de las temperaturas se produce el deshielo de los glaciares, y los casquetes polares se derriten. Aquí nos encontramos con un mecanismo de realimentación positiva, pues la superficie blanca de los hielos reflejaba la luz solar y expulsaba de la tierra una parte del calor. Ahora, con una menor superficie helada, los rayos del sol inciden en la masa marina, de color azul oscuro, o en la tierra marrón y los árboles verdes en el caso de los glaciares. Estos colores, más oscuros, tienden a absorber el calor, y se almacenan en la superficie terrestre durante más tiempo.

Pero también encontramos mecanismos de realimentación negativa en el cambio climático. De esta forma, el aumento de la temperatura global provoca un incremento de la evaporación del agua, que se condensa en forma de nubes. Así, se cubre una mayor extensión terrestre, y con una capa más espesa. Esta superficie blanca en la atmósfera produce el mismo efecto que los hielos, reflejando la luz solar e impidiendo que parte de los rayos del sol alcancen el suelo o el mar.

Otro proceso interconectado es el de la vegetación. Temperaturas más cálidas fomentan el crecimiento de las plantas, que absorben el dióxido de carbono del aire, limpiando la atmósfera de uno de los gases de efecto invernadero que inciden en el cambio climático. Nuevamente, nos encontramos ante un mecanismo de realimentación negativa, pues impide que el calentamiento global se acentúe.

Pero, si la Tierra dispone de mecanismos para autorregularse, ¿por qué el cambio climático sigue en aumento? ¿no deberían los mecanismos de realimentación devolver al sistema a la situación de equilibrio?

El factor humano

El problema es que, a pesar de estos estabilizadores automáticos, la incidencia de la acción humana es demasiado grande. Somos ocho mil millones de almas actuando de forma descontrolada y descoordinada.

La tala de árboles reduce año a año la superficie de tierra cubierta de vegetación. Así, las grandes extensiones que actúan como sumideros de carbono son cada vez más pequeñas, absorbiendo menos dióxido de carbono. Además, el desbroce de las selvas libera a la atmósfera el carbono que esos mismos árboles habían acumulado previamente. Por otro lado, la quema de combustibles fósiles incrementa la cantidad de carbono en la atmósfera.

La deforestación tiene múltiples efectos negativos. Uno de ellos es la liberación de carbono a la atmósfera (Wikimedia Commons)

Este impacto global de la actividad humana en el ecosistema terrestre ha llevado a muchos geólogos a hablar de un cambio de época en la escala de tiempo de la Tierra. Según esta tendencia, habríamos dejado de vivir en el Holoceno, para hacerlo en el Antropoceno, que se caracteriza por la influencia desmedida que el ser humano ejerce sobre el planeta.

El deshielo como punto de inflexión

Volviendo al deshielo, el océano Ártico va perdiendo superficie helada año a año, de forma que para la década de 2030 podría ser habitual la inexistencia absoluta de hielo durante algunas semanas o meses del año. Así lo estiman los expertos, independientemente de que consigamos frenar el aumento de las temperaturas.

Deshielo del Ártico (Flickr)

Esto tendrá el efecto ya comentado de no reflejar la luz solar, incrementando la retención de calor y el aumento de temperaturas, con lo que podríamos entrar en una espiral. Además, podemos prever la aparición de otras consecuencias indeseadas que pueden tener, a su vez, incidencia en todo el sistema:

  • La filtración en el océano Atlántico de cantidades masivas de agua fría y dulce alterará las corrientes oceánicas, lo que modificará el clima de enormes masas continentales. En el caso de Europa, los veranos serán más cálidos.
  • El agua dulce afectará a la salinidad del mar, con sus efectos nocivos para la fauna marítima.
  • El deshielo del Ártico incrementará el nivel del mar. Zonas costeras, así como islas con poca altitud, se verán inundadas en los periodos en que se produzca este fenómeno, haciendo inhabitables grandes extensiones de tierra.

Mitigar los efectos

No se puede revertir esta dinámica, pero sí se pueden mitigar los efectos más adversos. En el caso del deshielo del Ártico, aunque no se pueda evitar la ausencia total de hielo, sí se puede minimizar la frecuencia y el tiempo de duración de dicho fenómeno. Es preferible que este hecho sea algo anecdótico que suceda de forma puntual, a que se produzca de forma habitual y durante cinco meses al año.

Por eso, los actores del sistema internacional deben cooperar en la gobernanza del cambio climático. Deben reformarse las instituciones multilaterales para que, al menos en este ámbito, se desarrollen políticas exhaustivas y vinculantes. Solo hay una Tierra, por lo que la gestión del medio ambiente debería ser una.

Suena utópico, pero es como debe ser. Porque si actuamos descoordinados, si lo que dejemos de contaminar unos países lo contaminan otros, nos veremos abocados a esa espiral de realimentaciones positivas. Seríamos como la rana que nadaba en una olla al fuego sin darse cuenta de que el agua empezaba a hervir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *