En el artículo anterior vimos cómo el mundo virtual es capaz de influenciar sobremanera la forma en que percibimos el mundo y cómo, a pesar del desarrollo más que aceptable de la economía americana, muchos estadounidenses están dispuestos a votar a Donald Trump el próximo 5 de noviembre.
Recordemos que Trump ha demostrado en incontables ocasiones no estar capacitado para estar al frente del país. El expresidente tiene múltiples causas pendientes con la justicia. Se le han imputado cargos tan graves como los de falsificación documental, conspiración o la retención ilegal de documentos clasificados.
Pero, ¿cómo es capaz la campaña de Trump de obviar estos antecedentes? ¿De verdad creen sus votantes que hay una conspiración para alejarle de la presidencia?
Una desinformación cada vez más sutil
Un gran volumen del tráfico en la red no es real. Son cuentas ficticias hablando sobre temas que en realidad no deberían tener tal repercusión, pero que dichas cuentas convierten el asunto en trending topic. Personas que se dedican profesionalmente a crear contenido, y que pueden tener múltiples cuentas, o directamente bots, se dedican a crear mensajes con los que captar a perfiles determinados de usuarios a los que manipular. Por definición son mensajes que se sitúan en los extremos del arco político, pues es lo que favorece el algoritmo.
Esta manipulación consiste en cambiar la percepción que la persona tiene de la realidad a través de relatos ficticios. Así, si acabamos creyendo que montones de inmigrantes están llegando a nuestro país para quitarnos nuestro trabajo o vivir de nuestros impuestos, y que estos inmigrantes son intrínsecamente malos, que se dedican a violar y a robar, nosotros querremos votar a un partido que esté en contra de la inmigración.
Poco importa que, en realidad, el volumen de inmigrantes sea asumible y que dichos problemas de integración no existan. Nosotros, en nuestra cámara de eco, veremos que todo el mundo habla de este tema, piensan igual que nosotros, y que hay una élite oculta que está llevando a cabo un gran reemplazo, la sustitución de la población blanca y cristiana de Europa por musulmanes venidos de Arabia.
No caer en la desinformación es responsabilidad de cada uno. Es tan sencillo como mantenerse informado a través de medios de comunicación acreditados y consultar las agencias de verificación. Pero, ¿y si cada vez es más difícil distinguir los que es real de lo que no lo es?
La inteligencia artificial es capaz de poner en nuestra boca palabras que no hemos dicho. Si aparece un video de nuestro periodista de referencia dando credibilidad a las teorías de QAnon, puede que no caigamos en la trampa. Pero la IA se va sofisticando, y llegará un punto en que la mentira sea plausible y la creamos. A partir de ese momento, ya habremos abierto nuestras defensas al caballo de troya de las fake news.
Por otro lado, hay grupos de hackers que se dedican a crear páginas tan similares a las de los medios de comunicación tradicionales que puede ser muy difícil distinguirlas. En estas páginas falsas, al lado de noticias reales, los hackers nos colarán todas las teorías de la conspiración que quieran.
En Estados Unidos, el tema de la desinformación ha tenido una gran incidencia en las dos últimas elecciones presidenciales, y la volverá a tener el 5 de noviembre. Existen, por ejemplo, una serie de imágenes creadas por la inteligencia artificial en las que se ve a Donald Trump junto a población de raza negra. Estas imágenes tienen la intención de hacer creer a los afroamericanos que hay muchos de los suyos que van a votar a Trump. Es decir, tratan de cambiar su percepción y de manipular su voto.
Pero, ¿es que no recuerdan los afroamericanos los convulsos días que siguieron a la muerte de George Floyd? ¿no recuerdan cómo actuó Trump en esos días? Aquello fue, como quien dice, ayer mismo. Pero, con el flujo inmenso de información que recibimos, las polémicas interminables por asuntos espurios, las campañas electorales infinitas, los grandes eventos internacionales que se suceden sin solución de continuidad, parece que hayan pasado décadas.
Odio contra esperanza
Sabemos que el mundo cambia a velocidad de vértigo. Muchas voces nos hablan de la digitalización y la inteligencia artificial, de que se destruirán puestos de trabajo. Millones de ciudadanos demasiado mayores para adaptarse al cambio se quedan atrás año a año. Los expertos alertan sobre el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Algunos conciben este proceso como un camino sin retorno. Es como si clamaran el fin del mundo, un milenarismo moderno.
Este contexto genera incertidumbre y miedo, y necesitamos respuestas. Alguien que nos diga cómo ponernos a salvo de forma sencilla. El problema es que no existe una respuesta sencilla para los múltiples cambios que se están dando a la vez.
Por otro lado, estamos inmersos en una cultura de la inmediatez, acostumbrados a mensajes de 280 caracteres, a vídeos de 14 segundos, a realizar cualquier acción en un clic. Además de una respuesta sencilla, queremos que esta respuesta sea instantánea, ya. Sin embargo, las políticas requieren tiempo, reflexión, pedagogía. Todo lo contrario a la instantaneidad.
En la campaña de marketing que nunca acaba en que se ha convertido la política, hay actores que venden esperanza y actores que venden desesperanza. Este es el caso de Trump. Trump hace una política de la confrontación, azuza el odio, vende el nosotros contra ellos. Confronta un pasado idealizado con un presente desasosegado y un futuro incierto. Confronta una élite política de oscuros intereses con un político que proviene del pueblo. Confronta un mundo que quiere robarle a Estados Unidos con un Estados Unidos que solo se centra en sí mismo. Confronta al estadounidense real, de cuna, con una marabunta de extranjeros sucios y desaliñados que trata de invadir el país cual horda de zombis.
De esta forma, personajes como este medran en un clima guerracivilista, con posturas irreconciliables, en el que la frustración y la rabia se vuelcan en el voto. Lejos de luchar contra la polarización, los partidos toman parte en ella buscando sacar réditos políticos. En este asunto los dos partidos tienen parte de culpa, pero el Partido Republicano es, además, víctima del trumpismo.
Un lobo con la piel del Partido Republicano
Hannah Arendt hablaba del estado unipartidista, pero bien podríamos aplicar esta frase para describir la usurpación del partido republicano llevada a cabo por Trump y sus partidarios.
En la democracia representativa, los partidos políticos cumplen la función de representar los intereses del pueblo a través de las políticas que se promoverán en función de la ideología del partido en cuestión. Sin embargo, en la era Trump, esta representatividad se ha visto cuestionada.
El Partido Republicano ya no existe. Es un cadáver poseído por el trumpismo. Así, en lugar de canalizar los intereses del pueblo, el Partido Republicano defiende los intereses de Trump. Lo hemos visto en múltiples ocasiones. Las más significativas fueron los dos procesos de impeachement contra Trump y los meses posteriores al asalto al Capitolio, cuando los republicanos se dedicaron a torpedear la investigación contra su líder.
Combatir el miedo al futuro
Hemos visto los antecedentes de Trump, la situación real de la economía estadounidense y el secuestro del Partido Republicano, todo ello profundamente imbuido por las dinámicas que se dan en el ecosistema virtual: la desinformación, la polarización, la confrontación y la segregación de los usuarios en compartimentos estancos que oscurecen el debate.
Así pues, ¿cómo combatir el populismo? ¿cómo contrarrestar el culto a la personalidad y el sometimiento de toda una nación a los designios de un líder antidemocrático? Oponiéndose a la desesperanza.
Muchos de los votantes de Trump son víctimas de la globalización, que ha traído grandes beneficios, pero también ha implicado ajustes dramáticos. La deslocalización de la industria a países de bajos salarios y escasa o nula regulación medioambiental supuso la destrucción de miles de empleos. La terciarización de la economía se ha traducido en una mayor precariedad laboral. Las crisis sanitarias del Covid y los opioides han mostrado a los estadounidenses su vulnerabilidad. La competencia por la hegemonía mundial, con Rusia volviendo a maniobras de siglos anteriores, así como la deriva climática, infunden miedo, que a veces se traduce en negación.
Es necesario que se apliquen políticas compensatorias para los perdedores de la globalización y pedagogía para combatir la desinformación. Con la inteligencia artificial, cada vez será más complicado detectar las fake news, pero si los ciudadanos contamos con unos parámetros estables en los que encontrar la verdad, será más difícil que caigamos en la manipulación.
Pero si, a pesar de esto, no se puede evitar la vuelta de Trump, no hay que desesperar. La democracia estadounidense ha demostrado ser tan resiliente como para sobrevivir al primer mandato del magnate. Estados Unidos, y el resto de democracias asentadas, tienen sistemas de controles y contrapesos que les confieren la necesaria flexibilidad para contrarrestar los intentos de subvertir el orden.
Trump pasará y nuevos populismos llegarán. Las instituciones democráticas, con la ayuda de las reformas que sean necesarias, deben ser capaces de quedar por encima de cualquier personalismo y deben responder con contundencia a las futuras aventuras autoritarias.
