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¿PUEDE LA ONU ACABAR SUMIDA EN LA IRRELEVANCIA?

La invasión de Ucrania, la escalada en el conflicto que llevaba larvado desde 2014, está a punto de cumplir dos años sin que nadie sea capaz de poner fin a la sinrazón. Israel lleva ya cuatro meses ejecutando su masacre contra la Franja de Gaza, en la que más de 29.000 palestinos han perdido la vida.

¿No hay nadie, en el entramado institucional del orden internacional, que pueda acabar con los enfrentamientos que desangran el este de Europa y Oriente Medio?

A decir verdad, sí. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es un organismo cuya misión principal es la preservación de la paz mundial. Sin embargo, su propia arquitectura lo hace intrínsecamente incapaz de llevar a cabo su fin.

Esta característica puede pasar desapercibida en tiempos de paz, pero en el contexto actual puede acabar sumiendo en la irrelevancia a la ONU, al igual que sucediera con su predecesora, la Sociedad de Naciones.

¿Qué fue la Sociedad de las Naciones?

La Sociedad de Naciones se creó a raíz de la Primera Guerra Mundial. Su principal impulsor, Woodrow Wilson, lanzó en el Congreso de Estados Unidos una serie de propuestas que pasarían a conocerse como los Catorce Puntos de Wilson.

Woodrow Wilson (Wikimedia Commons)

El fin de la Sociedad de Naciones era impedir que pudiera volver a ocurrir un conflicto de las dimensiones de la Primera Guerra Mundial, y prácticamente todo el mundo se adhirió a esta organización internacional. No obstante, el presidente Wilson fue incapaz de inculcar las bondades de esta institución a la opinión pública de su propio país, y el Senado estadounidense rechazó integrarse en la organización.

Así, la Sociedad de Naciones nacía herida de muerte. Sin Estados Unidos, las grandes potencias eran incapaces de llegar a acuerdos sobre cuestiones tan cruciales como el desarme. Tiempo después, algunos países que se sentían constreñidos por el creciente peso del derecho internacional, abandonarían la institución, a su vez, para eludir su control.

Durante el periodo de entreguerras, la Sociedad de Naciones se mostró incapaz de evitar las agresiones de Japón, Italia y Alemania. Finalmente, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, se evidenciaba la intrascendencia de la organización soñada por idealistas de todo el mundo.

Un nuevo intento

Las principales deficiencias que lastraron el desempeño de la Sociedad de Naciones fueron el hecho de que no todos los estados estuvieran representados en ella, y la capacidad de veto de que disfrutaba cualquiera de sus miembros, de forma que un solo estado podía torpedear las resoluciones de la organización. Era prácticamente imposible conseguir la unanimidad.

Para mejorar el proyecto fallido, había que aspirar a la universalidad y acabar con la capacidad de vetar las resoluciones. Podemos afirmar que el primer objetivo se consiguió plenamente, por cuanto que 193 estados forman parte actualmente de la ONU. Por el contrario, el asunto del veto sigue siendo el principal caballo de batalla.

Reunión del Consejo de Seguridad (United Nations Photo)

Se consiguió acotar el poder de veto a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad: China, Francia, Rusia (antigua URSS), Reino Unido y Estados Unidos. Sin embargo, los vetos cruzados de estos cinco miembros son capaces de inutilizar la capacidad de obrar de la institución encargada de velar por la seguridad mundial. ¿Alguien se imagina a Rusia apoyando una resolución contra la invasión de Ucrania? Desde que se inició la matanza de Gaza, Estados Unidos ha vetado las resoluciones que pedían un alto el fuego en la Franja.

Desde 1946, los miembros del Consejo de Seguridad han hecho uso del veto en 221 ocasiones.

Reflexiones sobre la cuestión

Con la dinámica actual, queda demostrado que la ONU es inoperante ante la reciente inseguridad, con un belicismo en auge y unas relaciones internacionales que tensionan las costuras de las instituciones multilaterales.

Por otro lado, las potencias emergentes alzan la voz contra un orden internacional diseñado por las potencias occidentales. Afirman que no representan los intereses ni la manera de entender el mundo del Sur Global.

Pero, llegados a este punto, ¿nos podemos permitir que se dude de la viabilidad de las instituciones de la gobernanza mundial? No podemos consentir que caiga la ONU porque el precedente es aterrador. La desaparición de la Sociedad de Naciones significó la catástrofe.

Es imprescindible reformar la ONU para que sea capaz de preservar la paz mundial. Necesitamos un orden internacional en el que imperen el multilateralismo y la cooperación, y se marginen la unilateralidad y el individualismo. Necesitamos un régimen internacional en el que prevalezcan los juegos de suma positiva sobre los juegos de suma cero.

En definitiva, la ONU no puede protagonizar el mismo descenso a los infiernos que ya sufriera su antecesora, al pilotar sin frenos un tráiler desbocado que se precipitaba al abismo.

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