El cambio climático y cómo vamos a afrontarlo es uno de los grandes quebraderos de cabeza de la sociedad actual, y está llamado a ser, en el futuro próximo, un asunto de capital importancia, hasta el punto de que puede ser el núcleo de un cambio de paradigma de la magnitud de la Revolución Neolítica o la Segunda Guerra Mundial.
Éste es un debate que ha tenido un peso creciente en los medios de comunicación, y que se ha afrontado desde diversos puntos de vista. Algunas perspectivas, como la que vincula a la población con el incremento de las temperaturas, han sido descalificadas por ser consideradas demasiado radicales. Como si señalar esta evidencia fuera tabú, como si subrayar el exceso de población llevara implícito el deseo de que una parte de ella desaparezca.
Pero no saldremos de esta situación sin un debate honesto, profundo y multifactorial. ¿Es el crecimiento de la población la gran fuerza motriz del cambio climático?
Una población en aumento
La población mundial ha experimentado un crecimiento exponencial desde la Revolución Industrial, multiplicándose por más de 8 en unos 200 años, si tenemos en cuenta que en 1800 éramos menos de mil millones y hoy en día superamos ampliamente los ocho mil millones de personas.
Si comparamos este crecimiento con el que se produjo entre los años 1 y 1800, de unas ochocientas mil personas, comprobaremos que se ha producido una explosión demográfica. Esta progresión fulminante de la población mundial continuará en las próximas décadas, hasta alcanzar los nueve mil millones en 2050 y los once mil millones en 2100.
¿Será esto un problema a la hora de hacer frente al calentamiento global? Puede serlo, si tenemos en cuenta que toda esa gente necesitará satisfacer sus necesidades.
Unos recursos finitos para unas necesidades infinitas
Esos once mil millones de personas necesitarán alimento tres veces al día, ropa con la que abrigarse y un lugar en el que refugiarse. Solo estas necesidades básicas ya constituyen un enorme reto, si tenemos en cuenta que, a día de hoy, la agricultura es responsable de más de un 20% de las emisiones y consume el 70% del agua mundial.
Además de estas necesidades, que podemos considerar imprescindibles, hay otras necesidades que son imperativas para vivir en sociedad. En este apartado podemos incluir el acceso a internet y los once mil millones de móviles inteligentes que se tendrán que renovar cada pocos años.
Por otro lado, seguiremos siendo dependientes de los recursos extractivos durante muchos años. En este ámbito podemos incluir la energía necesaria para climatizar nuestros hogares, desplazarnos y producir bienes.
La conjunción de dicha necesidad de recursos con el incremento de la población lleva a que el día de la sobrecapacidad de la Tierra, ése en el que la humanidad consume la totalidad de los recursos que la Tierra es capaz de producir en un año, se vaya adelantando cada vez más. Dentro de poco, necesitaremos consumir una Tierra y media cada año.
Por lo tanto, lo ideal sería que obtuviésemos la energía necesaria de fuentes renovables. Sin embargo, para ello debemos realizar una transición energética que requerirá la persistencia en nuestro mix energético de fuentes contaminantes, como los combustibles fósiles, y alguna otra energía de transición. Asimismo, tanto el propio cambio de modelo energético como la digitalización requieren un empleo intensivo de la minería para la obtención de minerales imprescindibles, como el litio, el coltán o las tierras raras.
Entonces, ¿cómo resolvemos esta dicotomía? ¿Debemos cortar drásticamente el crecimiento de la población con técnicas de control de la natalidad? ¿O debemos evitar que el crecimiento económico gobierne nuestros designios?
Cómo deshacer este nudo gordiano
No podemos renunciar al crecimiento económico, puesto que el decrecimiento significa pobreza. Los últimos procesos de decrecimiento conocidos se debieron a lo que los economistas llaman cisnes negros, sucesos inesperados que produjeron un batacazo económico: pandemias, crisis financieras, guerras, etc. Huelga decir que estos momentos no fueron agradables.
Tampoco se puede prohibir que las personas se reproduzcan libremente, lo que significaría la violación de una de las libertades más básicas del ser humano. Por lo tanto, debemos integrar ese excedente de población evitando un incremento de la pobreza y procurando no destruir el planeta en el proceso.
Las soluciones a esta paradoja más debatidas en la actualidad se pueden agrupar en tres categorías, aunque ampliamente interconectadas entre sí:
- La transición energética.
Según datos de la Agencia Internacional de la Energía, a nivel global, el 80% de la energía consumida proviene de los combustibles fósiles, mientras que el 4-5% se genera a partir de la fisión nuclear. Por lo tanto, solo un 11-15% de la energía es fruto de las fuentes renovables.
Es imprescindible incrementar el porcentaje de energías limpias en el mix energético global. Para ello, hay que incidir sin perder tiempo en el proceso de transición energética.
Esta transición no debe dejarse al libre albedrío de los diferentes países, que velan por sus intereses sin tener en cuenta las necesidades del resto de actores internacionales. Debe ser simultáneo y vinculante para todos, dejando a un lado intereses unilaterales como la explotación de las reservas de aquellos países exportadores de energías fósiles.
- El crecimiento sostenible.
La sostenibilidad se debe conseguir también a través de un cambio en los hábitos de consumo de la sociedad y un acortamiento de las cadenas de valor global. Este punto es el menos desarrollado y el que se antoja más difícil, pues no parece posible evitar que un consumidor compre en el otro lado del mundo ropa de un solo uso por un precio ínfimo.
Se han visto iniciativas en este sentido, como la idea de prohibir la importación a la Unión Europea de productos que no cumplan unos requisitos medioambientales y laborales determinados.
Sin embargo, como en el punto anterior, estas iniciativas no sirven de nada si solo las lleva adelante una parte del sistema internacional. Lo único que conseguirían sería encarecer los bienes de consumo para los ciudadanos europeos. Este tipo de regulaciones deberían proceder de una instancia supranacional con potestad para dictar leyes vinculantes para todos los miembros del sistema internacional, algo de lo que por ahora carecemos.
- La reducción de la contaminación.
En la situación en que nos encontramos, no vasta simplemente con reducir las emisiones contaminantes, sino que debemos reducir la contaminación ya emitida a la atmósfera.
Para llevar a cabo este objetivo, se están desarrollando proyectos como la plantación de árboles a gran escala. La Gran Muralla Verde del Sahel es un buen ejemplo de ello.
Por otro lado, se está investigando en la captura y almacenamiento del carbono emitido a la atmósfera.
De tener éxito, este tipo de proyectos son un gran paso en la buena dirección.
En resumidas cuentas, se necesita invertir en investigación y desarrollo orientados a la reducción de emisiones contaminantes, así como en la transición energética. Además, es imprescindible llegar a un nuevo Acuerdo de Bretton Woods, un acuerdo multilateral que ponga en primer plano la necesidad de revertir el cambio climático, con unas instituciones que gocen de soberanía en dicho ámbito. Por último, la pedagogía es imprescindible para lograr un cambio en los hábitos de consumo de la población de los países más ricos.
