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NETANYAHU NO QUIERE LA PAZ EN GAZA

La invasión israelí de la Franja de Gaza cumplió ayer 7 meses, y aunque al principio pocos países del bloque occidental criticaban su falta de consideración para con los civiles, cada vez son más los actores que censuran una ofensiva que se ha cobrado ya la vida de 36.000 palestinos, de los cuales más del 70% son mujeres y niños.

Pero, ¿a quién beneficia esta mal llamada guerra? En los últimos meses se han visto numerosas protestas de la ciudadanía israelí porque tienen la sensación de que su gobierno no prioriza las vidas de los 121 rehenes que todavía hoy siguen en manos de Hamás.

Así, si a los pueblos de Palestina e Israel les interesa la paz y la comunidad internacional reclama de forma sostenida un alto el fuego, ¿por qué continúa esta masacre? El gobierno de Benjamín Netanyahu esgrime su derecho a la legítima defensa, pero la respuesta al atentado del 7 de octubre no ha sido legítima, por cuanto que se ha cebado con la población civil de Gaza. Tampoco proporcionada, si tenemos en cuenta que se han exterminado 30 palestinos por cada israelí muerto en dicho ataque.

Por lo tanto, esta ofensiva no ha sido una maniobra de disuasión, ni un castigo, ha sido una venganza pura y dura al estilo de la ley del talión. Y para llevar a cabo dicha venganza, se han secuestrado los intereses de múltiples actores. Entonces, ¿qué es lo que mueve a Netanyahu a seguir con esta política? ¿Le interesa alcanzar la paz?

El secuestro del ejecutivo

El 20 de noviembre de 2019 el fiscal general de Israel imputó a Netanyahu por tres casos de corrupción. Este hecho marca el inicio de un periodo de gran inestabilidad política en el país, debida fundamentalmente al empecinamiento de Netanyahu en mantenerse en el poder.

Así, desde septiembre de 2019 se han sucedido cuatro elecciones parlamentarias en las que Netanyahu ha bailado en la cuerda floja y ha mercadeado con cargos. Siempre con una carta en la manga, cual prestidigitador, ha pasado del gobierno a la oposición para luego volver a ser primer ministro. ¿Por qué se aferra a la silla de esta manera?

Si abandonara la política, sería presa de la justicia, que muy probablemente lo condenaría por fraude y cohecho. En cambio, en el cargo de primer ministro puede influir en su destino. Y, de hecho, lo intentó con una reforma judicial que supeditaba al poder judicial a las decisiones del parlamento. Un ataque en toda regla a la separación de poderes.

Esta obstinación deja en evidencia al personaje, pero Netanyahu no hubiera conseguido resistir en el gobierno sin la complicidad de los ciudadanos de Israel, que han seguido votándole elección tras elección.

Además, el último gobierno del Likud, el partido de Netanyahu, se formó gracias a una coalición con los partidos más extremistas del arco parlamentario israelí, una alianza con individuos tan turbios como los propios terroristas de Hamás.

Como Hamás, los socios de gobierno de Netanyahu también conciben la salida al conflicto palestino-israelí como un todo o nada en el que el ganador se queda toda la tierra y el perdedor es expulsado al mar.

En la última reunión del gabinete, muchos ministros, incluido yo mismo, planteamos una demanda inequívoca de duras medidas punitivas contra la Autoridad Palestina por sus acciones unilaterales contra Israel, incluida su búsqueda de un reconocimiento unilateral
Bezalel Smotrich

Así, la política del gobierno ha dejado de representar a los intereses de los ciudadanos y ha pasado a ser cautiva de los intereses de Netanyahu y de las contrapartidas exigidas por los socios de gobierno como condición previa para formar la coalición.

El secuestro de la política exterior estadounidense

¿Qué hay del mayor socio de Israel en la comunidad Internacional? También es cautivo de los intereses de un solo hombre. Estados Unidos ha apoyado la campaña en Gaza con vetos en el Consejo de Seguridad y la venta de armamento a Israel, con lo que puede considerarse cómplice de la masacre perpetrada en la Franja. Y este apoyo se produce desde hace décadas. Tony Judt ya denunciaba esta complicidad en 2002.

Precisamente porque los israelíes asumen que tienen un cheque en blanco de Washington, Estados Unidos forma parte, quiérase o no, de este desastre
Tony Judt

Además, ha torpedeado los intentos del sistema internacional de poner fin a la sinrazón. Dicho posicionamiento, como el ataque de todo un campeón del estado de derecho a un tribunal de justicia independiente cuando el fiscal de la Corte Penal Internacional solicitó una orden de detención contra Netanyahu y su ministro de defensa, deslegitiman a Estados Unidos como potencia hegemónica y le hacen perder credibilidad cuando defiende el orden internacional vigente contra otras potencias como China o Rusia.

Esta defensa a ultranza de Israel incomoda claramente a la clase política estadounidense, especialmente a la Administración demócrata, que ha intentado sin éxito presionar a su aliado desde que comenzara la ofensiva.

Pero, ¿cómo puede subordinarse la política exterior de la mayor potencia mundial a los intereses de un país menor como es Israel? En teoría, el hegemón debería ser capaz de coaccionar los actos del resto de actores del sistema, ya sea mediante el uso del poder blando o mediante la amenaza del uso de la fuerza. Y, de hecho, así es normalmente.

Por su parte, Israel es una cabeza de puente de Occidente en Oriente Próximo, y, como tal, debería plegarse a los designios de la superpotencia que le presta apoyo y amistad. ¿Por qué se da esta contradicción?

La postura de Estados Unidos hacia su aliado está condicionada por el potente lobby israelí en Washington, que goza de una influencia desmesurada en la política estadounidense. Además, el apoyo a Israel es una política de estado en la que coinciden los dos grandes partidos, por lo que es poco susceptible de cambiar con los ciclos electorales.

Por otro lado, la postura de Joe Biden hacia Netanyahu está condicionada por las elecciones del 5 de noviembre, y su deseo de granjearse el favor de amplios sectores de la sociedad en un asunto del máximo interés para sus votantes.

Sin embargo, el presidente americano tiene que hacer equilibrios para no perder el voto de la comunidad musulmana y de los jóvenes con estudios, que apoyan mayoritariamente a Palestina y demandan un cese de las hostilidades. De ahí que en las últimas semanas haya redoblado sus críticas a la política de Netanyahu y haya comenzado a dejar de apoyar a Israel en los organismos multilaterales.

La juventud de Estados Unidos está mayoritariamente en contra del apoyo de la Administración a Israel

El secuestro de la estabilidad en la región

En los últimos tiempos se habían dado pasos de gigante en pro de la estabilidad en una región convulsa como pocas. Los Acuerdos de Abraham habían abierto relaciones diplomáticas entre Israel y varios países de la esfera musulmana, unas relaciones hasta hace poco impensables, por cuanto los países árabes no reconocían al estado de Israel.

Por otro lado, Irán y Arabia Saudí, enemigos acérrimos, habían iniciado un deshielo con ayuda de la intermediación de China. Ambas corrientes de normalización, aunque opuestas, promovían la pacificación de la región, algo que favorecía tanto a los propios habitantes de Oriente Próximo como al resto de la comunidad internacional.

Sin embargo, la situación en la Franja de Gaza ha paralizado el desarrollo de los Acuerdos de Abraham y ha azuzado el enfrentamiento entre Irán e Israel, ya sea directamente o a través de facciones clientelares de la potencia islámica en terceros países.

Israel, por su parte, ha tratado por activa y por pasiva de extender el conflicto a escala regional para obligar a su aliado americano a entrar militarmente en el enfrentamiento. Afortunadamente, de momento Irán no ha mordido el anzuelo y se ha limitado a actos de disuasión estériles, orientados más bien a satisfacer a la opinión pública interna.

¿Hasta cuándo?

Cada día que este conflicto se alargue, aumentará el descrédito. De Israel, que cada vez está más solo, pero también de Estados Unidos y de los organismos multilaterales. Sin embargo, la masacre no acabara hasta que lo decida Netanyahu. Es él el que tiene la sartén por el mango, y no le interesa la paz.

Israel, cada vez más solo, puede acabar convertido en un estado paria

Si termina la ofensiva, Netanyahu deberá convocar elecciones y su carrera política estará acabada. Los votantes no le perdonarán los errores de seguridad en la prevención del ataque, ni que haya dejado de lado a los rehenes, ni que no haya conseguido el objetivo de acabar con Hamás, ni el hecho de carecer de un plan para el día después de la guerra. Así, el fin de la guerra será su tumba política y deberá afrontar sus juicios pendientes por corrupción.

Aun así, tarde o temprano deberán callar las armas, pues Israel no aguantará mucho tiempo a contracorriente del resto del mundo. El país hebreo defiende lo indefendible. Descalifica cualquier crítica a su guerra como antisemita, acabando así con cualquier posibilidad de establecer un debate honesto y auténtico. Esta respuesta, además de frívola, revela un narcisismo patológico, pues todo gira en torno a la cuestión de su judaísmo.

Israel se escuda en el genocidio que sufrió el pueblo judío para cometer su propio genocidio sobre el pueblo palestino, como si el hecho de haber sido víctima le diera derecho a ser verdugo.

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